Esta guía de Santander la he basado en una de esas ciudades tradicionales, con palacios para ver y alojarse y restaurantes donde llega el pescado casi vivo, van quedando pocas como ella. Y gusta que sea así, un poco como cuando los reyes venían a tomar baños de ola, con su Gran Casino en primera línea, sus reales clubes de esto y de lo otro, sus playas para familias numerosas y sus barcas de pasajeros cruzando la bahía mientras las mariscadoras de Pedreña cosechan las almejas que se servirán por la noche en la Bodega Cigaleña.

El paseo marítimo  es la cara más conocida de Santander dentro y fuera de España. En el palacio de la Magdalena, una bombonera de estilo ecléctico que costó 700.000 pesetas allá por  1912, tiene su sede la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, foco deslumbrante de cultura estival desde 1932, cuyos cercanas Caballerizas Reales usan los alumnos como residencia. Un pequeño zoo con pingüinos, focas y leones marinos, un parque infantil, un campo de polo, un par de playas y los tres galeones que el aventurero cántabro Vital Alsar empleó para emular las navegaciones de Orellana son otros de los entretenimientos que ofrece el real sitio. El mayor, sin embargo, es el parque que diseñó el paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier, con sus paseos sombreados por pinos marítimos y piñoneros y sus claros con vistas a las playas del Sardinero, la isla de Mouro y la bahía.Imprescindible un paseo en tu guía de Santander.

PASEO MARITIMO

Recorriendo el paseo marítimo (media hora, sin parar; una hora, con paradas contemplativas), lo que más llama la atención es la blancura del Gran Casino del Sardinero, que se levanta desde 1916 a la altura de la Primera Playa. Aquí, donde antaño bailaban reyes, hoy se juega al póker sin mover ni una pestaña. Un poco más adelante, lo que llama la atención es el verdor de los parques de Piquío y del Doctor González Mesones, que forman un pasillo verde de más de 800 metros, casi hasta el final de la Segunda Playa.

PLAYA DEL SARDINERO

Con 1.700 metros de fina arena dorada que antiguamente los forasteros lo llamaban el Sardinero ,es en realidad, una sucesión de playas que los nativos y los veraneantes habituales reconocen por sus nombres ahora. La primera, a contar desde la Magdalena, es la del Camello, que debe su título a una roca jorobada. Le sigue la de la Concha, la favorita de las familias numerosas. Luego vienen la Primera y la Segunda Playa del Sardinero, de 350 y 800 metros de largo, respectivamente, que alcanzan los 80 de ancho en bajamar y se hallan separadas por la punta de Piquío en pleamar. Y finalmente está la de Molinucos, que queda al socaire del cabo Menor y casi ni cuenta de lo pequeña que es.

CABO MAYOR

Poco antes de que termine el paseo marítimo, en la glorieta donde confluyen las calles del Doctor Marañón y de Manuel García Lago, arranca con unas escaleras la senda peatonal que recorre el borde de los acantilados de Cabo Menor. Atajando campo a través, cerca de los cantiles donde anidan el halcón y el colirrojo tizón, o siguiendo la avenida del Faro, como los automóviles, se arriba sin pérdida posible a Cabo Mayor, mirador frecuentado por vecinos y forasteros, sobre todo los días de galerna, por más que entonces pocos se atrevan a salir de los coches o del bar que hay al lado. Aquí, al norte de la ciudad, vigilando la entrada de la bahía, se alza un faro cilíndrico de desnuda sillería, con foco situado a 30 metros de altura sobre el terreno y a 91 sobre el mar, que se encendió por primera vez el 15 de agosto de 1839. Una señora torre que, además de emitir dos destellos de luz blanca cada diez segundos y dos pitidos largos cada 40 en caso de niebla, brinda un panorama sobrecogedor de la costa acantilada y alberga un museo, el Centro de Arte Faro de Cabo Mayor , en el que se exponen más de 200 cuadros y cerca de mil dibujos, acuarelas y grafitos dedicados por el santanderino Eduardo Sanz a los principales faros de España. También pueden verse faros pintados por artistas como Úrculo, Eduardo Arroyo o Andrés Rábago El Roto.

IGLESIAS

Parece un templo, pero en realidad son dos superpuestos. Abajo está la iglesia del Cristo, de principios del siglo XIII, el monumento más viejo de la ciudad, y el más achaparrado, con naves de sólo cuatro metros de altura, y con pavimento de cristal para mostrar al visitante los restos de unos baños romanos hallados en el subsuelo. Y encima, la catedral propiamente dicha, que fue reconstruida tras el incendio que asoló la ciudad en 1941 y que conserva, milagrosamente intacto, un luminoso claustro gótico con 20 arcos por banda, donde los vecinos vienen a pasear los días de viento y lluvia, que en Santander no son pocos.

También son idóneos para guarecerse los soportales de la Plaza Porticada. De estilo neoherreriano, como casi toda la arquitectura institucional posterior al incendio, esta plaza cuadrada de algo más de 50 metros de lado fue durante casi cuatro décadas el escenario donde, al resguardo de una lona, se celebró el Festival Internacional de Santander, importante evento musical agosteño que, desde 1991, se ha trasladado al Palacio de Festivales de Cantabria, obra de Sáenz de Oiza.

MERCADO

Detrás del Ayuntamiento está el mercado de la Esperanza, un diáfano recinto de hierro y cristal, con adornos de inspiración modernista, cuya planta baja ofrece  los pescados más frescos y relucientes del Cantábrico. Además de productos perecederos, que el turista solo puede admirar, en el mercado se venden quesos de Cantabria, embutidos, anchoas de Santoña… Todos ellos los podemos adquirir en El Rincón de Alejandra.De inevitable visita en tu guía de Santander.

PASEO POR LOS MUELLES

Pocos lugares que atrapen con tanta fuerza la mirada, y la imaginación, como los muelles que se extienden a lo largo de medio kilómetro junto a los jardines y el paseo de Pereda, es como asomarse desde una ventana a su bahía. Parte fundamental del panorama es la mole de Peña Cabarga. Paseando por los muelles, descubrimos unos cuantos rincones evocadores: la centenaria grúa de Piedra, testigo de lo que fue el antiguo puerto; el palacete del Embarcadero, antaño dependencia de la aduana y hoy sala de exposiciones; el atracadero de las barcas de pasajeros que salen cada media hora para Pedreña y Somo, al otro lado de la bahía; el grupo escultórico de los Raqueros, de una viveza que pasma, y el Real Club Marítimo, un edificio-barco que los que saben de arquitectura dicen que cumple ejemplarmente todos los postulados de Le Corbusier.

MUSEO CANTÁBRICO

A diez minutos de Puerto Chico (que es donde se alza el Club Marítimo), avanzando por la calle Gamazo y por su prolongación (Carrero Blanco) se encuentra el Museo Marítimo del Cantábrico, que descubre la bahía desde un moderno edificio, muy bonito y acristalado, y está dedicado a la mar .

El esqueleto de una ballena de 24 metros domina el patio central, alrededor del cual se distribuyen los 3.000 metros cuadrados de exposición, dividida en cuatro secciones: biología marina, etnografía pesquera, historia y tecnología. Hay acuarios con fauna autóctona y hay 150 maquetas de barcos, alguna del siglo XIX y de más de seis metros de eslora. Además pueden verse curiosidades como una sardina con dos cabezas , la reconstrucción de un camarote utilizado por los científicos de la expedición Malaspina-Bustamante (1789-1794) o las escafandras de los buzos que murieron en la explosión del vapor Cabo Machichaco en 1893 en los muelles de Santander.

ZONA DE PINCHOS

Muy conveniente en nuestra guía de Santander son dos bares del paseo de Pereda ,donde cada uno se lleva la palma en materia de picoteo: en el número 33, Las Hijas de Florencio (¡qué jamón!), y en el 37, Casa Lita, barra y terraza donde algunos días se sirven más de mil pinchos.

En Marcelino Sanz de Sautuola, 4, casi bajo el arco del Banco de Santander, se encuentra Cata Vinos, un local minúsculo pero con una carta de vinos llamativa, una de las mejores tortilla de patata de la ciudad y pinchos más que excelentes, como los de huevo y el de solomillo con foie. Y en Gómez Oreña, 9, detrás de la iglesia de Santa Lucía, La Conveniente, unas antiguas bodegas con suelo de enormes losas de piedra, vigas, pizarras, toneles y un pianista que no para de tocar en toda la noche. Si nos gusta la bechamel, pero mucho, pediremos la bandeja de fritos. Y si no nos gusta la compañía, mejor no iremos, porque está siempre a tope y las mesas se comparten.

RESTAURANTES GUÍA DE SANTANDER

Bar Restaurante Varadero

Calle Universidad 1, 39006 Santander, España  +34 942764367

Poco puedo decir ya que todo estaba estupendo, la atención, la comida (arroz a banda) y los postres, ademas hay que contar que el precio es de primera, así que animo a todo aquel que le apetezca un buen plato de arroz que se de una vuelta por el restaurante y repetirá como todos.
Y no te olvides que si quieres algo especial solo tienes que encargarlo y te lo prepararan.Precio medio 20€.

La Vinoteca

Calle Vargas 33-35, 39010 Santander, España  +34 942 07 57 41

La Vinoteca se encuentra en el centro de Santander y es un pequeño restaurante ideal para comidas de negocios o con amigos.
Excelente servicio, siempre excelentemente atendido por Koldo, su propietario, quien esta siempre dispuesto a aconsejar lo mejor del día en sus pescados.
Aunque mi preferido y la especialidad de la casa es el Tartar, el mejor de Santander con diferencia. Un lujo.Precio medio 35€.

Restaurante Vino y Marea

Calle Bonifaz 13 Bajo, 39003 Santander, España   +34 942 05 51 15

Es un Restaurante muy sencillo pero que tiene bastante calidad por su precio,muy recomendable en días de diario por su precio de 12€.Una alternativa a tener en cuenta si visitas esta ciudad.

Espero que esta guía de Santander sea de vuestra utilidad y la podías disfrutar,hasta pronto viajeros.